viernes 10 de octubre de 2008

Canción de cuna para un preso


CANCION DE CUNA PARA UN PRESO


Los ojos pesan toneles
El sueño aún no asoma
Las palomas en su vuelo
giran en las sombras
¿Temes cerrar tus ojos
a la verdad de tu suerte?
Tus ojos pesan toneles,
déjalo ir.

Deja que las aves
en raudo vuelo
se asomen a tu sentir
Mira allá en el cielo
tachonado de estrellas
hacia allí van las palomas
llevándose con ellas
tus miedos tu vivir

Sueña un mañana
porfiado venturoso
Un mañana sin ayer
Los ojos pesan toneles
Duerme mi amigo

Yo estoy contigo








jueves 17 de mayo de 2007

Ambrosía

Su vestido olía a fresas
y la mañana
a fiesta y jazmín.
Sentido atardecer
de la arboleda en flor.
El sordo ruido del mar
quebraba los sentidos,
acunando una sombra
volátil y nerviosa
que perseguía el aroma
de las fresas al pasar.

Las hojas susurraron
al compás de los suspiros,
mientras el cielo se cubre
de alas extendidas
en ensordecedor ruido.

Ante contenido secreto
sostenían el aliento.
El agua murmuraba sentido
empujado por el viento.

Tan lejano, aún presente,
pronto se hizo el silencio
con el último suspiro.
Error


El barco se mecía al vaivén de las olas. Un cielo tachonado de estrellas y una luna reflejada y quebrada en mil pedazos en el mar. Se oía una música lejana que venía del salón comedor.
Virginia pensó: ¡Qué hermosa noche!
Se apoyó en la baranda. Sentía que el agua la atraía. Se inclinó y se dejó llevar…
Alguien gritó:”Se cayó una mujer al mar!”

Un mes antes le pronosticaron una enfermedad terminal.
Dijeron que no era operable. Le aconsejaron viajar y recrearse. Así lo hizo. Pero no pensaba volver. Era joven, recién comenzaba a vivir. No era justo. No lo merecía. Su vida tronchada antes de empezar…

En la cabina de comunicación del barco recibieron un telegrama. Iba dirigido a Virginia Páez. Su envío decía urgente y su contenido era un tanto extraño: “Comunicamos error en el diagnóstico. Rogamos se presente de inmediato”.
Firmaba un tal Dr. Machado.
Vivencias de un violín


No sabían su nombre. Le decían el gringo violinista. Vivía en un hotel inquilinato, sórdido, oscuro, sin la más mínima comodidad. Lo veían salir de mañana abrazado a su violín, usando su único traje, aunque siempre impecable.
Posiblemente debió haber sido un hombre de buen porte en su juventud.
Cuando arrancaba sonidos de su instrumento se le iluminaba el semblante, sus ojos se enternecían y una sonrisa jugaba en sus labios. Se transformaba. Una aureola daba luz a su rostro que parecía rejuvenecer. Podría decirse que tocaba para sí. La mirada perdida en una sutil añoranza. No le molestaba que la gente circulara a su alrededor, que no se detuviera. Había algo de altanería cuando los observaba. Quizá sentía lástima por ellos, que no sabían disfrutar la dulzura de un Mendelssohn, la potencia de un Beethoven, la enternecedora tristeza de un Massenet.
Hoy, unas jovencitas, se detuvieron curiosas a escucharlo. Fue el detonante; se hizo un círculo que iba ampliándose. “Toca como los ángeles”, alguien comentó. “Debería estar en una orquesta”, fue otro comentario. El gringo violinista sentía batir su corazón. Tocó como nunca. En un momento, mientras las notas nítidas y seguras inundaron el espacio con una pieza de Paganini de difícil ejecución, el público sostuvo su aliento. Algunos no entendían, otros lo admiraban. Pero todos se sintieron impactados por la perfección de las notas, reconociendo el extraordinario trabajo artístico. Cerró sus ojos. En ese momento estaba tocando en su país, en un teatro colmado, alimentándose del silencio de la sala.
Cuando terminó, el grupo que se agolpó en esa esquina lo aplaudió vigorosamente. Uno le pidió que siguiera tocando. Para él, el aplauso fue igual a aquel, cuando el público lo ovacionó de pie.
Su gorra estaba en el suelo. Se llenó de monedas, pesos, hasta patacones. Hoy podría comer como un príncipe.
Cálzate mi niña

Caminando bajo el sol
que enciende la calle
sus pies se queman al andar.
Cuidado con los cortantes
sueltos por el camino
te harán sangrar.
Cálzate mi niña.
En una casa le dieron
un pan y una manzana
Ella disfrutó comiendo
cerca de una ventana.
En tanto el sol se escondió
y la lluvia arreció
enfriando el pavimento
Cálzate mi niña
Sus pasos se dirigieron
hacia los vidrios iluminados
donde unos zapatitos de charol
brillaban como encantados.
Gustaba ir todos los días
a soñar que los compraba.
Cálzate mi niña.
En el cordón de una casa
junto a la basura,
encontró abandonados
unos zapatos marrones
desteñidos y un poco ajados
Le iban algo holgados
pero igual se los llevó.
Con ellos fue corriendo
hacia los vidrios iluminados
pero los zapatos encantados
ya no estaban.
Se los habían llevado.
Miró sus pies cubiertos
por los zapatos gastados
y una lágrima corrió por su mejilla
Hoy niña, ya te has calzado
Palabras de polvo

Lo llamaban el ladrón de atardeceres. Quizá por su arrogancia, quizá por su libre albedrío, quizá por su indiferencia hacia los demás. Quizá por que paseaba su prestancia alrededor de la plaza central todos los atardeceres, haciendo gala de su elegancia. Todos reconocían que éste era el espacio que él ocupaba sin oposición.
Se sentía joven a pesar de no serlo. El decía que el cuerpo adolescente era una cosa, pero que el pensamiento joven lo consideraba un equilibrio estable. Así se sentía. Horadaba el viento con su mirada. Avasallaba con galanura la sonrojéz de las niñas que tímidamente cruzaban su camino.
Se sentía intocable, inabordable, seguro.
Hasta que el amor tocó su fibra más íntima y lo colocó a la altura de cualquier mortal. Por primera vez, cuando más lo necesitaba no fue correspondido. Se debatió ante su inseguridad y su experiencia. Era un desafío a su hombría, a su orgullo, a su corazón sangrante. La niña que entorpecía sus sueños, que enardecía su ser, era la flor de otro jardín.
Probó con sus palabras más ardientes, más sentidas, apasionadas, pero comprobó que el ángel sediento sólo tiene palabras de polvo.
El intruso

Nacimos trillizos. Pero mi madre no se amilanó. Nos atendía, higienizaba y alimentaba con mucha destreza, a pesar de ser madre por primera vez. Era su rutina diaria. Así fuimos creciendo.
Cuando dimos nuestros primeros pasos y aprendimos a no romper mucho, abruptamente nos separaron. Otros brazos nos cobijaron. Otro hogar nos dio su calor.
No comprendía. Sólo podía llorar. Estaba solo, no sabía donde estaban mamá y mis dos hermanos.
Había un muchachito en esa casa , pero me sentía seguro y querido en sus brazos. Y dejé de llorar. Poco a poco fui olvidando a mi familia .
No fue una vida muy apacible pero tampoco opresiva. Todos me querían. Incluso las visitas que esporádicamente recibían, no dejaban de halagarme.

Aunque hoy, pasados unos años, recibieron de regalo un gatito siamés, que ocupó la atención de todos. Y por supuesto, pasé a segundo plano.
Bueno, necesitaba otra vez mi lugar de privilegio. Y pensé en llamar la atención de alguna manera.
Y no se me ocurrió nada mejor que ponerme a ladrar y aullar, mientras el intruso me miraba socarrón desde mi tapete.